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Eólicos en A Groba: Crónica de una muerte anunciada

Dos décadas de conflicto en torno a un territorio que resiste entre memoria, identidad y presión eólica.

Dos décadas de conflicto en torno a un territorio que resiste entre memoria, identidad y presión eólica.

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Fecha: 13 de Mayo de 2026

Fuente: Andrea Portela Rodríguez

Hay conflictos que no regresan porque nunca se fueron. En la Serra da Groba, la amenaza eólica lleva dos décadas reapareciendo como un eco que insiste. Cambian los nombres de los proyectos, cambian las empresas promotoras y se multiplican los expedientes, pero el debate sigue siendo el mismo: ¿hasta dónde puede soportar un territorio sin dejar de serlo? 

En 2026, con la nueva convocatoria y la reactivación de varios expedientes sobre la mesa, A Groba vuelve a entrar en un momento decisivo. Lo que para las promotoras es una nueva oportunidad energética, para buena parte de la vecindad y del movimiento ecologista se interpreta como el último capítulo de una presión continuada sobre una sierra que lleva años resistiendo. 

Porque esta historia no empezó ahora. 

Ya en 2005 aparecieron los primeros planes para instalar grandes parques eólicos en A Groba. El proyecto Albariño I contemplaba entonces 21 aerogeneradores; con el paso de los años fue reformulándose, reduciendo máquinas pero sin desaparecer nunca del todo. A esa amenaza se sumaron después Merendón, Toroña, Rosal o Torroña, llegando a coexistir, según documenta el Instituto de Estudos Miñoráns, hasta siete miniparques y 54 aerogeneradores proyectados durante el verano de 2021. 

Fue también entonces cuando nació uno de los conceptos más repetidos por los colectivos opositores: la “fragmentación fraudulenta”. Dividir grandes polígonos industriales en pequeños parques de menos de 50 MW para simplificar trámites y evitar evaluaciones más exigentes. Una práctica denunciada en el propio estudio del IEM como una “burla a la ley”. 

Pero lo que convierte A Groba en un caso singular no es solo el volumen de proyectos, sino lo que está en juego. La sierra es un ecosistema complejo, un corredor natural y cultural donde sobreviven humedales de montaña, especies protegidas, decenas de yacimientos arqueológicos y una de las poblaciones de garranos más antiguas de Europa. 

Por eso la oposición al actual impulso eólico no se formula únicamente en términos ambientales, sino también patrimoniales e identitarios. 

La última convocatoria de 2026 reactiva ese choque. Lo hace además en un contexto en el que los argumentos críticos han ganado respaldo institucional que hace veinte años no existía: informes negativos del Instituto de Estudos do Territorio, posicionamientos del Observatorio Eólico de Galicia pidiendo que A Groba sea considerada “espacio libre de eólicos”, o el propio Consello da Cultura Galega advirtiendo de daños irreversibles sobre paisaje y patrimonio. 

Mientras tanto, del otro lado, se mantiene el discurso de la transición energética. Esa es precisamente la gran contradicción que atraviesa el conflicto: nadie discute la necesidad de energías renovables; el debate está en dónde, cómo y para quién. 

En A Groba, la pregunta ya no es si habrá más proyectos. La pregunta es si la sierra puede seguir soportando ser tratada como zona de sacrificio. Y por eso, para muchos, esta nueva ofensiva de 2026 no suena a novedad. 

Suena, simplemente, a otra página de la crónica de una muerte anunciada.

 

Del estudio del territorio a la resistencia eólica:

Detrás de buena parte de la resistencia que hoy sostiene el conflicto eólico en A Groba hay personas que llevan media vida estudiando ese territorio incluso antes de pensar en aerogeneradores. Bruno Centellés y Xilberte Manso son dos de ellas. Ambos fueron maestros, y algo de esa vocación sigue presente en la manera en que hablan: no empiezan por la denuncia, sino por la explicación. 

Se conocieron a través del Instituto de Estudos Miñoráns, una asociación cultural nacida en 1999 del impulso de un grupo de profesores y gente del Val Miñor que veía cómo el patrimonio de la comarca (arqueológico, etnográfico, natural...) estaba poco estudiado y menos protegido. Sin ánimo de lucro y casi sin medios, organizaron una estructura inspirada en los antiguos Seminarios de Estudos Galegos y se pusieron a trabajar. Al principio se reunían donde podían, en aulas prestadas o cafeterías; después llegarían las publicaciones, la recuperación de memoria oral y las denuncias patrimoniales. Un trabajo silencioso y persistente que, como dice Bruno, se sostenía por la voluntad de gente que trabajaba “desinteresadamente, con generosidad e intensidad”. 

Bruno entró en el Instituto en 2004, desde la enseñanza y la divulgación histórica. Xilberte estaba casi desde el origen, aportando su pasión por la etnografía y por el monte. Ninguno de los dos llegó al ambientalismo como una identidad previa. Llegaron a él como consecuencia. Porque estudiar un territorio, dicen, “acaba generando responsabilidad hacia él”. 

Por eso, cuando en 2005 aparecieron los primeros anemómetros en la Serra da Groba y el proyecto Albariño comenzó a tomar forma, lo que primero fue curiosidad se convirtió enseguida en alarma. Bruno recuerda que en un inicio la idea de la energía eólica incluso podía parecer positiva. Producir electricidad limpia con el viento encajaba, en teoría, con una lógica ecológica. Pero a medida que empezaron a entender el tamaño de los proyectos, aquella percepción cambió. 

Fue entonces cuando nació S.O.S. Groba, impulsada por mucha de la misma gente del Instituto, aunque formalmente separada. Bruno bromea diciendo que “unos eran el Nescafé y otros el descafeinado”, siendo en realidad las mismas personas que entendían que el trabajo cultural no bastaba cuando el territorio estaba amenazado. 

Antes de resistir, tuvieron que explicar 

Las primeras movilizaciones, sin embargo, tuvieron más de escuela ambulante que de protesta clásica. Xilberte recuerda ir parroquia por parroquia repartiendo panfletos y convocando reuniones donde la gente ni siquiera sabía bien de qué se hablaba. “Si decíamos molinos, pensaban en molinos de agua”, cuenta. “Tuvimos que explicar desde cero qué era un aerogenerador, qué significaban doscientos metros de altura, qué implicaba abrir kilómetros de pistas en una sierra, cómo una infraestructura transformaba un ecosistema entero”. 

En esa labor pedagógica fue llegando también la idea que ambos repiten: no están en contra de la energía eólica, están en contra del modelo de implantación eólica. La distinción, para ellos, es central. Porque la crítica no va contra las renovables, sino contra una lógica que consideran extractiva. Xilberte se refiere a esto como una paradoja: “producir energía llamada verde destruyendo el propio medio que se dice proteger”. 

Y ahí comienzan a enumerarse impactos que para ellos nunca fueron secundarios, pero también algo menos visible: la transformación del uso del territorio. Xilberte insiste mucho en eso cuando habla de las poligonales eólicas y del derecho preferente que las empresas pasan a ejercer sobre enormes superficies. “No es solo el molino”, repite. “Es todo lo que te quitan alrededor”. 

Existe también otra parte del conflicto: la económica y política. Bruno recuerda el momento en que empezaron a hacer cuentas. ¿Cuánta energía produce realmente un parque? ¿Cuánto consume Galicia? ¿Para quién se produce? Tirando de datos y bibliografía, llegaron a una conclusión que para ellos era incómoda: Galicia ya produce más energía renovable de la que consume. Entonces la pregunta dejó de ser técnica y pasó a ser política. ¿Para quién es esta nueva expansión eólica? 

Y de esa pregunta nace una de las ideas más fuertes del movimiento: la de los territorios sacrificados. Bruno la formula comparando Galicia con comunidades grandes consumidoras que apenas soportan implantación eólica. Madrid, repite, consume mucho y no tiene parques; Cataluña pocos; Euskadi pocos; mientras sierras gallegas se convierten en soporte industrial. No es solo una cuestión de molinos, sugiere, sino de un modelo territorial profundamente desigual. 

La reactivación de los proyectos a partir de 2019 reforzó esa percepción. Bruno recuerda aquel momento como una especie de sacudida. Empezaron a aparecer expedientes en la web de la Consellería, uno tras otro, y la dimensión de lo que se estaba planificando se hizo visible. Y aparece lo que llaman fragmentación fraudulenta: grandes polígonos industriales divididos en pequeños parques para simplificar tramitaciones y esquivar evaluaciones más duras. 

Hay algo revelador en cómo ambos cuentan esa evolución: no hablan de militancia, hablan de aprendizaje. Como si resistir fuese, primero, comprender. Quizá por eso, cuando hablan de los eólicos, acaban hablando también de las burras de A Groba, de los nacimientos de agua, de los curros o de las comunidades de montes. Porque para ellos el conflicto no va solo de energía, sino de la manera de relacionarse con el territorio. Xilberte insiste en que el monte no puede seguir mirándose solo como rendimiento: “No somos dueños de él, somos usufructuarios”, resume. 

Y ahí aparece el núcleo del conflicto. La discusión sobre los eólicos no es solo si caben más molinos en A Groba. Es qué modelo de territorio se acepta y quién decide sobre él. 

A Groba como punto de encuentro social:

El 15 de marzo de este 2026, la Serra da Groba volvió a convertirse en un punto de encuentro contra los últimos proyectos eólicos presentados. Se realizó una manifestación que reunió a cientos de personas en un ambiente que mezclaba reivindicación y convivencia, en una movilización que, más allá de su carácter reivindicativo, evidenciaba algo más profundo: la capacidad del conflicto eólico para generar unión social. 

Entre la gente se percibía una sensación compartida. No era la primera vez que estaban allí. Para muchos, la movilización no era una novedad, sino continuidad. Un “otra vez aquí”, reflejando el cansancio acumulado tras años de lucha contra proyectos que, periódicamente, vuelven a aparecer. 

En ese contexto, las declaraciones recogidas muestran una coincidencia clara. Ana Gandón, vecina de la parroquia de Viladesuso, resumía la percepción de la sociedad al afirmar que la movilización responde a la necesidad de “movilizarnos porque no queremos de ninguna manera que vuelvan a poner eólicos en la Serra da Groba, porque ni aquí los queremos, ni en Galicia hacen falta”, definiéndolos como proyectos especulativos que no tienen nada que ver con las necesidades de la población: “queremos demostrar que el conjunto de la sociedad está en contra y que no estamos dispuestos a rendirnos”. 

Las comunidades de montes también expresan una oposición firme. Tanto Sergio Martíns como Arsenio Pérez, presidente y secretario de la Comunidad de Montes de Viladesuso, señalan el impacto directo que estos proyectos tendrían sobre el territorio y reivindican el derecho de la vecindad a decidir sobre sus montes. Según Sergio, “la posición de nuestra comunidad está completamente en contra de la instalación de los parques eólicos y queremos que retiren de una vez la ADE (Área de Desenvolvimiento Eólico) de la Serra da Groba”, la cual facilita la reiteración constante de estos proyectos. 

 

Una muerte lenta del rural:

Más allá de las organizaciones, el discurso cobra especial fuerza cuando se formula desde la experiencia directa. Como vecina, Deborah Malvar introduce una dimensión más íntima del conflicto, describiendo la posible instalación de los eólicos como “una muerte lenta del rural”, no solo en términos ambientales, sino también como ruptura de una forma de vida ligada al territorio, a la convivencia con la naturaleza y a la continuidad generacional: “quedaríamos inmersos entre gigantes y nuestra elección de seguir viviendo en el rural, como hicimos hasta ahora, como nos enseñaron nuestros padres y nuestros abuelos, quedaría totalmente mermada”. 

En un contexto social frecuentemente marcado por la polarización política, la oposición a los eólicos en A Groba aparece como un espacio de encuentro donde las diferencias ideológicas quedan en segundo plano. Derechas e izquierdas se diluyen ante un objetivo común: la defensa del territorio. 

Esto no implica unanimidad. Deborah señala que “no creo que la gente sea totalmente consciente de lo que esto supone, y no lo serán hasta que se instale, pero la realidad es que perderíamos muchísimos derechos”. Existe una parte de la sociedad que ve en estos proyectos una oportunidad. Sin embargo, lo que se observa en el caso de A Groba es que el conflicto va más allá de un debate técnico o energético. Se trata de un proceso que activa identidad y responsabilidad colectiva. 

Caballos, monte e identidad:

La relación con el territorio no se limita a las personas. En A Groba, el conflicto con los eólicos también pone el foco en otras presencias que aún no tienen voz. Entender este espacio implica ir más allá de la dimensión humana y atender también a la vida que lo habita. Las bestas, llevan siglos configurando el paisaje y el funcionamiento del monte, convirtiéndose en un símbolo vivo de su identidad. 

En esa relación entre el monte y estos animales se sitúa también la experiencia de Rubén Otero, secretario de la Asociación do Curro da Valga, que lleva vinculado a las bestas desde los 8 años, cuando, tras la muerte de su padre, continuó esa tradición de la mano de su familia y de los vecinos besteiros, creciendo entre curros, monte y cuidado del ganado. 

Rubén entiende que la electricidad es importante y que las bestas pueden llegar a pastar en esas zonas, pero no está de acuerdo con la manera en que se están implantando estos proyectos: “me parece especulativa y agresiva con el paisaje, me gustaría que mis hijos pudiesen ver la Serra da Groba como yo la recuerdo”. 

Más que los propios molinos, su preocupación es todo lo que arrastran detrás. Considera que la implantación de estos proyectos está pensada desde fuera, sin tener en cuenta la vida que ya existe en el monte ni las personas que lo mantienen vivo. Teme que las nuevas pistas, las intervenciones sobre el territorio y la pérdida progresiva de espacios acaben haciendo inviable el cuidado de los caballos. 

Sitúa este fenómeno dentro de un proceso más amplio de transformación del monte: la pérdida de zonas de pasto, la expansión de especies como el helecho, la intensificación de plantaciones de eucalipto y pino o la ocupación de espacios tradicionalmente utilizados para el pastoreo. 

La presencia das bestas es, además de una tradición cultural, una herramienta para la gestión del territorio, creando un modelo en el que el monte no es un espacio vacío ni un recurso sin explotar, sino que ya tiene un ecosistema habitado, compartido y cuidado. 

El final de esta crónica: dos maneras de entender A Groba 

Hablar de A Groba como una “crónica de una muerte anunciada” no tiene un único significado. Todo va a depender del punto de vista. Por un lado, podemos hablar de la crónica de una muerte anunciada para las empresas que, año tras año, siguen intentando implantar sus proyectos en un territorio que se resiste. Pero también puede serlo para la propia sierra si finalmente ese modelo llega a imponerse. 

Al final, la interpretación de esta historia no es neutra. Se sitúa entre dos maneras de entender el territorio: una que lo concibe como recurso económico y otra que lo entiende como un espacio de vida e identidad. 

Y será en ese equilibrio, o en su ruptura, donde se escriba el final de esta crónica. 

 

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