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Martes, 24 de Marzo de 2026

Cuando crecer implica marcharse

Tres jóvenes de O Baixo Miño muestran sus vivencias tras mudarse al extranjero en busca de nuevas experiencias y oportunidades laborales

Tres jóvenes de O Baixo Miño muestran sus vivencias tras mudarse al extranjero en busca de nuevas experiencias y oportunidades laborales

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Fecha: 25 de Marzo de 2026

Fuente: Redacción

Estudiantes que se ven obligados a desplazarse para formarse en ciclos, grados o másteres; jóvenes que buscan oportunidades laborales fuera de sus municipios, en otras ciudades, comunidades o en el extranjero; o aventureros que buscan retos o experiencias a miles de kilómetros de sus casas. Esta es la realidad en la que se ven inmersas cada vez más personas de pequeños municipios que, motivados por intereses profesionales o meramente por la búsqueda de nuevas vivencias, hacen las maletas y dejan sus lugares de origen para mudarse a nuevos territorios.

Un informe realizado en el año 2024 por el Observatorio Galego de Dinamización Demográfica analizó exhaustivamente los movimientos migratorios más recientes en Galicia y las tendencias actuales en la migración juvenil en las áreas rurales. A partir de dicha investigación, el Observatorio pudo comprobar que “del total de las migraciones rurales realizadas en el periodo 2000-2021, el 38,2 % fueron realizadas por la población comprendida entre los 16 y los 32 años, constituyendo el grupo de edad mayoritario en los flujos migratorios originados en las áreas rurales gallegas”. Entre las causas que originan este traslado a otros territorios, el estudio se centra en desarrollar cuatro temas principales: las limitaciones en la oferta educativa o laboral dentro de las áreas rurales, la falta de alternativas a los trabajos agropecuarios en explotaciones familiares, la búsqueda de un estilo de vida urbano y los antecedentes migratorios familiares.

 

Una experiencia en Países Bajos

Iago Cadilla es un joven guardés, de 22 años, que desde hace casi un año y medio vive en Lelystad, una ciudad de Países Bajos a media hora de Ámsterdam. Con 18 años, tras acabar Bachillerato, se marchó de A Guarda por primera vez para estudiar un ciclo superior de energías renovables en A Coruña. A pesar de vivir a 2 horas de su casa, seguía viendo a su familia y a sus amigos a menudo, volviendo a su municipio los fines de semana o reuniéndose en otros lugares de la comunidad. Tras acabar su formación, Iago comenzó a buscar trabajo, y el destino le llevó a Holanda, donde actualmente trabaja como técnico de mantenimiento electromecánico para la Inditex Lelystad Plant, la planta logística más grande de Europa de Inditex. “Era una oportunidad laboral única, tenía que aprovecharla para vivir esta experiencia lejos de casa”, confiesa.

A pesar de ser una persona muy casera, a la que le encanta pasar tiempo en A Guarda rodeado de sus seres queridos, la decisión de mudarse a 1600 km de su casa no le resultó difícil. “Con mis estudios tenía claro que tendría oportunidades de trabajar por Europa”, comenta Iago, y añade además que desde que terminó el ciclo superior se fue haciendo a la idea de trabajar lejos de A Guarda.

La cultura gallega y la española son bien diferentes a la holandesa, no obstante, esto no supuso un impedimento para que el joven guardés se adaptase a la vida en el extranjero. “El idioma es algo que no me preocupa mucho, todo mi círculo aquí en Países Bajos es español, ya que aunque la empresa para la que trabajo sea holandesa la mayoría de gente es española”, afirma. Además, Iago añade que aunque la cultura sea totalmente diferente, acostumbrarse le fue muy sencillo: “Voy al trabajo y a todos lados en bicicleta, se come a las 11, se cena a las 19:30… Si te alejas un poco de las grandes ciudades la gente es muy tranquila y relajada”.

Para él, lo mejor de vivir en Países Bajos es “la libertad de poder vivir sin preocupaciones económicas y la posibilidad de viajar cuando se da la oportunidad”, factores que considera, bajo su criterio, los principales motivos de la emigración juvenil. “Muchos jóvenes como yo queremos esa libertad para el día de mañana poder tener nuestra propia casa o coche sin preocupaciones. En el pueblo, si no das con la tecla, es muy difícil conseguir eso”, añade.

Con 22 años y siendo tan independiente, para Iago su estancia en Holanda está siendo “una experiencia que permite conocer gente de toda España y hacer nuevos amigos”. En el apartado negativo, además de estar lejos de su casa, de su familia y de sus amigos de toda la vida, muestra su descontento con “la comida, el tiempo y los horarios de sol” y confiesa, sobre esto último, que “el invierno es muy deprimente”.

Iago no descarta volver a Galicia siempre y cuando tenga unas buenas condiciones laborales, como está teniendo en Lelystad, sin embargo, confiesa que allí es “muy feliz” y que no tiene prisa por regresar. Después de casi un año y medio viviendo tan lejos, ha regresado a su municipio en varias ocasiones: “En Fin de Año, en las Festas do Monte y alguna ocasión más”, señala. Además, pese a la distancia, mantiene su relación con todo su círculo de A Guarda, con el que está en contacto constantemente.

 

De O Rosal a Sídney

Al igual que Iago, Manu Rivero, un joven rosaleiro, también se mudó lejos de su municipio. Manu cumple 23 años el próximo mes de abril y lleva casi uno viviendo en la otra punta del mundo. El de O Rosal se formó con un Ciclo Superior de Automatización y Robótica Industrial y, tras finalizar sus estudios, comenzó a plantearse dar un vuelco a su vida. Manu hizo las maletas, cogió varios aviones, y se fue a Australia tras solicitar la Work and Holiday visa, un visado que permite a las personas de entre 18 y 30 años disfrutar de unas “vacaciones prolongadas” en Australia y trabajar allí para ayudar a financiar su viaje. Allí, Manu ha trabajado en varios empleos y vivido en diferentes lugares. Ahora mismo reside en Sídney, y sobre de qué trabaja afirma que “es difícil decirlo porque puede llegar a cambiar cada semana”.

En relación a qué fue lo que le motivó a vivir la experiencia de trasladarse tan lejos, Manu afirma que “no hay solo una cuestión, es un cambio drástico que decidí darle a mi vida porque no me entusiasmaba el rumbo que estaba tomando”. Irse con apenas 20 años a un lugar tan lejano es una decisión que cuesta tomar o que, más bien, genera preguntas en el interior de los que se atreven a dar el paso. “Siempre que te vas solo a vivir a otro país es difícil, si alguno de los que ha venido dice que no fue difícil o que no tenía miedo al principio no me lo creería”, confiesa Manu. Para él, irse tan lejos de su familia y de sus amigos y no saber cuándo les volvería a ver fue lo más complicado. 


Al llegar a Australia se encontró “solo ante otro idioma, otra cultura y teniendo que hacer nuevos amigos”, por lo que expone que hay que saber adaptarse. No obstante, el rosaleiro señala que allí “todo va fluyendo, es uno de los sitios del mundo más adaptados a la vida de backpackers y la forma de vida es menos estresante”. Manu explica además que, en Australia, “hay gente de todas partes del planeta, que han llegado con los mismos objetivos, con ganas de ver, conocer y descubrir el mundo”.

Una de las virtudes de vivir en Australia es la libertad que le da a los jóvenes en todos los sentidos. Manu no tiene un trabajo fijo, no vive siempre en el mismo destino y puede viajar habitualmente a otros lugares y países. En su opinión, el factor que motiva a los jóvenes a emigrar es que “la capacidad de ahorro es muy desigual entre España y otros países”.

Desde que se mudó, Manu todavía no ha vuelto a Galicia, pero sí que echa de menos estar con personas o realizar acciones que antes normalizaba y ahora no puede hacer: “Mi familia, mis amigos, mi casa y más allá de eso todo lo que implica vivir ahí. Simples acciones como tomarte una cerveza con tus amigos, ir a ver al Novás, disfrutar de una buena cena, las risas, la complicidad…”, revela. Pese a ello, el joven de O Rosal no tiene pensado volver a trabajar cerca de su municipio, y se imagina un futuro algo más lejos. Manu reconoce que haber ido a Australia ha cambiado su mentalidad, y que ni siquiera se plantea vivir trabajando en O Rosal.

 

Un apellido guardés en la capital europea

Alejandro Lomba representa a una generación diferente a la de Manu o Iago. También es guardés, nació en 1998 y desde los 17 años ha vivido fuera de A Guarda por estudios y trabajo. A esa edad comenzó a estudiar un grado de Derecho en Santiago de Compostela y, tras cuatro cursos en la USC -uno de ellos realizando un erasmus en Budapest-, se fue a Madrid a realizar un máster en Derechos Humanos. Finalmente, una vez terminada su etapa formativa, dio el salto al mundo laboral y se mudó a Bélgica.

Alejandro lleva cuatro años viviendo en Bélgica. Su novia es belga y vivía en Bruselas, por lo que decidió irse a vivir allí. Para él, dejar A Guarda no fue una decisión especialmente complicada ya que, como revela, “al crecer durante la crisis económica ya era un escenario que se veía posible”. Con los estudios que realizó, estando graduado en Derecho y siendo maestro en Derechos Humanos, era consciente de que las opciones de que se fuese a trabajar al extranjero eran posibles. Desde finales de secundaria comenzó a pensar en la posibilidad de que, cuando fuese mayor, viviese en el extranjero, porque ya tenía claro que quería estudiar Derecho Internacional y Derechos Humanos. Varios años después, completó su formación y, como preveía, se mudó.

Su adaptación a Bélgica no le resultó complicada. Alejandro afirma que “la gente de Bélgica, y especialmente de Bruselas, está acostumbrada a convivir con una burbuja internacional muy grande”, y añade además que “nunca nadie me hizo sentir fuera de lugar”. Pese a ello, el guardés confiesa que a veces puede ser complicado, pero que con el tiempo es fácil adaptarse. En su caso, revela que el hecho de tener una novia local le facilitó las cosas, ya que le “introdujo directamente en círculos de gente local”.

A Guarda y Bruselas son dos territorios totalmente diferentes. Mientras que el municipio miñoto no llega a 10.000 habitantes, en su inmensa mayoría gallegos, y la distancia de una punta a otra es de unos diez minutos en coche, la capital europea supera el millón de personas, de cientos de países y culturas, y su extensión va más allá de los 30.000 km cuadrados. 

Para Alejandro, algunas de las ventajas de vivir en una gran ciudad son “el acceso más sencillo a cultura, la exposición a un ambiente más multicultural o la posibilidad de hacer actividades que no están disponibles en municipios pequeños”. Por otra parte, también subraya que las distancias pueden llegar a impedirte ciertas cosas y revela que, en Bruselas, “se pierde mucho tiempo en el transporte”. Además, el guardés declara que “puede haber falta de tranquilidad en algunos barrios o zonas de la ciudad”, y añade que el exceso de gente puede llegar a generar agobio.

Alejandro vuelve a A Guarda, por norma general, dos veces al año durante un periodo de quince días cada una de las veces. Su relación con su círculo cercano en Galicia está intacta y, lo que más echa de menos de vivir lejos de A Guarda son, “sin duda, la familia y los amigos”. Ahora mismo Alejandro no tiene en mente volver a vivir en Galicia, y confiesa que considera que sus “decisiones a nivel profesional podrían haber cambiado si hubiese tenido acceso a más oportunidades en A Guarda o desde A Guarda”. Sobre esto, cree que “es una sensación compartida por más gente en la misma situación”. El guardés considera “la falta de oportunidades laborales” como el principal motivo de emigración juvenil, y afirma que “tomando como ejemplo a Guarda, muchas profesiones no son accesibles desde el municipio e inevitablemente hace que la gente se tenga que desplazar a ciudades grandes y cercanas como Vigo u otras ciudades grandes de España como Barcelona o Madrid”.

Al igual que Iago o Manu, Alejandro considera que la emigración juvenil a grandes ciudades es “un tema complejo”. Él tampoco se atreve a dar una solución concreta para que los pequeños municipios gallegos retengan a los jóvenes, sin embargo, sí que menciona un aspecto a mejorar, la eficiencia en las comunicaciones y en el transporte público: “Tomando de nuevo A Guarda como ejemplo, una buena conexión con Vigo permitiría a la gente ir diariamente al trabajo sin coger el coche con lo que ello supone”, concluye.

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