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El Monte Santa Trega: la joya de la corona de A Guarda y uno de los principales ases del turismo gallego

El Monte de Santa Trega es un enclave único donde historia, paisaje y cultura se unen. El principal símbolo guardés combina un patrimonio milenario, una gestión común y un gran atractivo turístico.

El Monte de Santa Trega es un enclave único donde historia, paisaje y cultura se unen. Foto: Adrián Amoeiro

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Fecha: 26 de Marzo de 2026

Fuente: Redacción

El municipio costero de A Guarda mezcla playa y montaña, dispone de la rica gastronomía gallega, cuenta con importantes eventos culturales como la Fiesta de la Langosta o las Fiestas del Monte, posee innumerables rincones con vistas al río Miño y a Portugal y tiene la suerte de poder disfrutar del Monte Santa Trega, el segundo lugar más visitado de Galicia y un entorno natural con un valor cultural, histórico y patrimonial incalculable.

 

Desde el descubrimiento realizado por unos canteros hasta el día de hoy

 

En una remota esquina de Galicia, a escasos minutos de Portugal, se encuentra el Castro de Santa Trega, uno de los yacimientos arqueológicos más emblemáticos del noroeste de España. Está situado en lo alto del Monte Trega, en el municipio pontevedrés de A Guarda, y cuenta con una ubicación privilegiada que ofrece vistas panorámicas del estuario del Miño y del Océano Atlántico. El poblado ofrece una visión fascinante de la vida de los antiguos habitantes de la región y es, tanto un tesoro histórico, como un punto de interés turístico.

Imagen de un castro del poblado con el estuario del Miño y Portugal de fondo | Adrián Amoeiro

Desde hace varios siglos se sospechaba que en el Monte de A Guarda podría existir un asentamiento antiguo, un lugar donde nuestros posibles y lejanísimos antepasados vivieran protegidos y con una visión periférica de lo que ocurría a su alrededor. Poco a poco se fue corroborando.

En el año 1862, unos canteros descubrieron una estatua de Hércules hecha en Bronce y, a finales del siglo XIX, empezaron a aparecer constancias de las ruinas en los apuntes arqueológicos de Ramón López García (1864) y en la obra “Historia de Galicia” (1888), del magnífico escritor e historiador Manuel Murguía.

Más tarde, en 1912, se creó la Sociedad Pro-Monte de Santa Tecla, que llevó a cabo obras para acondicionar la zona cercana a la ermita situada en lo alto y una carretera hasta la cima. Fue en este momento cuando se certificó la existencia de muros de edificaciones y los restos de una antigua muralla. Ante esto, la sociedad pidió los permisos necesarios para realizar excavaciones en el lugar, que serían concedidos en 1914 y dirigidas por Ignacio Calvo Rodríguez, del Museo Arqueológico Nacional. A raíz de ahí, el yacimiento empezó a tener visibilidad en los medios de comunicación.

Durante todo el siglo XX, se realizaron diversas excavaciones supervisadas por diferentes jefes. El primero de ellos, Calvo, atribuyó la ocupación del poblado desde la Edad de Bronce hasta la época romana y lo definió como una citania (ciudad fortificada propia de los pueblos prerromanos). El catedrático Cayetano de Mergelina y Luna, que dirigió las investigaciones entre 1928 y 1933 definió la ocupación siguiendo las “teorías invasionistas”, por lo que situó la ocupación de los castros entre el siglo VI a.C y el 3 d.C, determinando que sus habitantes eran celtas. Además, en el año 1931 se declaró el Monte Santa Trega como Monumento Histórico Artístico de carácter Nacional y, en 1962, ocurrió lo mismo con el Museo Arqueológico, inaugurado en 1917. Ambos son dos Bienes de Interés Cultural, lo que implica, como explica el guardia de la Xunta para el Monte Santa Trega, Miguel Reboredo, que tanto el Monte como el Museo “están sometidos a una legislación específica y protectora enormemente restrictiva a los cambios del entorno”.

Entre 1965 y 1972, se llevó a cabo la reconstrucción de dos viviendas, una a cada lado de la carretera, que son hoy en día la principal imagen del poblado y un icono de la cultura castreña.

Imagen de una de las viviendas reconstruidas del poblado | Adrián Amoeiro

Finalmente, en el año 1988, los trabajos arqueológicos cesaron y, en 1996, la Consellería de Cultura y Deporte anunció que emprenderían acciones para el aprovechamiento sociocultural de este yacimiento. Diez años después iniciaron un proyecto de un coste de 72.000€ con el fin de “apoyar diferentes estudios arqueológicos sobre la zona y limitar las actividades humanas en el depósito”.

 

Un poblado singular

 

El poblado se sitúa a unos 300 metros de altitud y posee vistas tanto a la desembocadura del Miño y el territorio circundante, como al Océano Atlántico, permitiendo a sus habitantes pasados tener una posición privilegiada que les permitía controlar el tráfico marítimo, fluvial y las explotaciones mineras del monte de la sierra de A Groba. Para Miguel Reboredo, esta posición estratégica, sumada al valor patrimonial e histórico del poblado castreño y a su belleza paisajística son las claves de que el enclave tenga un “reconocimiento universal”.

Un proverbio celta aconseja lo siguiente: “recuerda que vives a la sombra de tu vecino”. Interpretado al pie de la letra, el dicho tiene mucho que ver con este poblado. El castro está compuesto por un conjunto de edificaciones y viviendas de piedra sin apenas separación entre ellas, con una técnica constructiva que sigue la tradición castreña -predominio de construcciones circulares y ovaladas- y protegido por una muralla cuyo diseño parece prevalecer por una función delimitadora más que por la de protección.

Imagen del poblado castreño | Adrián Amoeiro

Las cabañas poseen una entrada a nivel del suelo o una entrada elevada a la que se accedía mediante una escalera de madera. En el vestíbulo se solían encontrar los hornos, lugares para asar al aire libre, empleados tanto para fines culinarios como para la elaboración de cerámica. Además, en el centro de las viviendas se encontraban las lareiras, las zonas para cocinar. Generalmente, estaban formadas por dos piedras rectangulares, una colocada horizontalmente -con dos agujeros para retener los postes que sostenían las vasijas que se colocaban sobre el fuego- y otra en vertical -para separar la anterior del fuego-. El tejado de las viviendas reconstruidas es cónico, pero esto no está ratificado por los hallazgos, ya que no se descubrieron los agujeros en los que se situaría el poste central que sujeta el techo. Sin embargo, tampoco hay pruebas que dictaminen de qué forma estaban construidos.

Algunas de las edificaciones eran viviendas, pero otras no estaban dirigidas a un uso habitacional sino que eran una especie de almacenes menos elaborados y cuidadosos. Durante las investigaciones realizadas en el siglo pasado se encontraron en su interior restos de herramientas, de cerámica o cantos para tallar.

Además, estas construcciones contaban con un sistema de drenaje para evacuar las aguas residuales y las pluviométricas, evitando que se acumulasen en los espacios vacíos entre cada edificación. Así, el poblado constaba con una red de evacuación bajo los pavimentos y llanos, a veces incluso sobre la superficie, que estaban esculpidas sobre la roca base y cubiertas con losas.

 

La gestión y protección del Monte Santa Trega en la actualidad

 

 

A día de hoy, tanto la Xunta de Galicia como el Concello de A Guarda y las comunidades de montes de A Guarda y Camposancos tienen cierto peso en la gestión del Monte Santa Trega. Según Miguel Reboredo, “la declaración del Monte y el Museo de Santa Trega como Bienes de Interés Cultural otorgó ciertas competencias a la Xunta y a sus legisladores para comenzar a legislar sobre ambos”. El guardia del Monte detalla que, “para proteger todos los entornos susceptibles de perderse, los gobiernos de la comunidad fueron realizando leyes que profundizaban en su protección”. Tras varias modificaciones, la principal ley autonómica sobre el Trega es la Ley 5/2016, del 4 de mayo, relativa al patrimonio cultural de Galicia. Dicha norma establece el régimen jurídico para proteger, conservar y fomentar el patrimonio cultural gallego; regula la clasificación, catalogación y protección de bienes de interés cultural, patrimonios específicos y museos; fija las obligaciones de conservación y restauración; y establece procedimientos administrativos y sancionadores para garantizar su preservación, además de fomentar la cooperación entre administraciones.

El Trega está compuesto, mayoritariamente, por terrenos particulares; solo un 40 % del monte es comunal y está repartido entre las comunidades de montes de Camposancos y A Guarda. Estas comunidades son responsables directas de la gestión forestal en esas áreas y desempeñan un papel clave en el mantenimiento cotidiano del monte. José Fernando Martínez, ‘Nando’, presidente de la comunidad de montes de Camposancos —propietaria de 76 hectáreas—, explica que su labor se centra en “desbrozar, plantar, cuidar los árboles y realizar limpiezas”. La semana pasada, por ejemplo, la comunidad plantó 50 castaños.

Sin embargo, el modelo de gestión del Trega es más complejo de lo que puede parecer a simple vista. Las comunidades de montes no solo se encargan del mantenimiento forestal, sino que también autorizan buena parte de los usos que se desarrollan en el monte, como pruebas deportivas —trail, BTT—, actividades comerciales o la instalación de puestos durante la romería del Domingo do Monte. Como explica Noé Ferreira, presidente de la comunidad de montes de A Guarda, esto se debe a que “el régimen comunal define terrenos privados de titularidad de los vecinos y vecinas de A Guarda que ellos mismos gestionan”, lo que les otorga capacidad directa de decisión sobre su uso. De hecho, advierte de que cualquier aprovechamiento sin permiso puede ser sancionado por las propias comunidades, responsables de velar por el respeto a la propiedad comunal.

A esta realidad se suma la intervención de otras entidades. El Concello de A Guarda gestiona espacios concretos como el Parque do Cancelón o la Porta do Trega, y ostenta además la presidencia del Padroado Municipal do Monte Trega, en el que también participan las comunidades de montes, la administración autonómica y provincial, la Iglesia y representantes políticos. Este organismo se encarga del mantenimiento de los principales yacimientos arqueológicos —Calvo, Mergelina y Castro da Forca—, de las zonas comunes y de la gestión económica derivada de las tasas de acceso al monte, con las que se financian servicios como el museo, los guías turísticos o el personal de mantenimiento.

Esta superposición de competencias convierte la gestión del Trega en un sistema especialmente complejo, en el que la coordinación entre administraciones y entidades resulta imprescindible. Como señala Ferreira, “la gestión del Trega no responde a la típica gestión de un monte comunal y, por su idiosincrasia, es compleja”, lo que obliga a “alcanzar acuerdos y trabajar conjuntamente” entre los distintos actores implicados. Además, al tratarse de un Bien de Interés Cultural, cualquier actuación debe cumplir con la legislación autonómica y, en muchos casos, contar con autorización de la Xunta de Galicia.

Más allá de la gestión administrativa, el Monte Santa Trega destaca por su profundo valor simbólico para la población local. A diferencia de otros espacios forestales, su importancia no radica en la explotación económica, sino en su dimensión social, cultural e identitaria. En palabras de Noé Ferreira, para la mayor parte de la vecindad es “un lugar de ‘culto’ al que subimos cada segundo domingo de agosto”, pero también “ese espacio natural que tenemos cerca de casa en el que disfrutamos de la naturaleza mientras paseamos o hacemos deporte”. Además, subraya su papel como símbolo colectivo: “forma parte de nuestra identidad, siempre presente desde cualquier rincón de la villa”.

En el plano medioambiental, uno de los principales retos es la proliferación de especies invasoras, especialmente la acacia. Nando señala que este problema condiciona gran parte de la gestión actual, ya que la mayoría de los recursos económicos se destinan a su control. En la misma línea, Ferreira advierte de la magnitud del problema: “una primera intervención en una sola hectárea de terreno cuesta entre 1.000 y 2.500 euros”, una inversión difícil de asumir para comunidades con presupuestos limitados. En el caso de A Guarda, explica que una parte significativa del monte está afectada, lo que obliga a priorizar estas actuaciones frente a otras mejoras.

A esta problemática se suma una cierta falta de inversión en el ámbito turístico y patrimonial, que se traduce en una imagen de abandono en algunos puntos del monte. Ferreira señala, por ejemplo, la existencia de “material de divulgación desactualizado o en mal estado” y un museo que “se queda pequeño para la riqueza patrimonial del Trega”. Ante esta situación, se están planteando cambios en el funcionamiento del Patronato Municipal para adaptar la gestión a las necesidades actuales del monte, no solo desde el punto de vista turístico, sino también en lo relativo a la conservación.

La protección del monte plantea, además, un desafío añadido: su valor patrimonial no se limita a las zonas excavadas. Como apunta Ferreira, “todo el monte esconde un valor patrimonial cuya dimensión intuimos pero desconocemos”, lo que obliga a una gestión integral y prudente. Del mismo modo, el ecosistema actual, condicionado por décadas de explotación forestal intensiva y la expansión de especies invasoras, requiere una recuperación lenta, planificada y coordinada entre administraciones.

En cuanto al mantenimiento, las actuaciones se centran principalmente en áreas concretas como los yacimientos arqueológicos, senderos, zonas recreativas o franjas de prevención de incendios. Lejos de buscar una imagen ajardinada, la gestión del monte respeta su carácter natural. En este sentido, Ferreira insiste en que “el monte no está sucio por tener maleza”, sino que las intervenciones deben centrarse en espacios que realmente lo necesitan. Además, destaca el papel del voluntariado y la educación ambiental, con iniciativas de plantación de especies autóctonas y eliminación de especies invasoras.

 

Uno de los principales enclaves turísticos de Galicia

 

 

El valor histórico, el fácil acceso y las maravillosas vistas a la costa hacen que miles de turistas visiten los castros y el Monte Trega cada año. Rosalía Verde, técnica de turismo en el Concello de A Guarda, explica que desde los años 70 los visitantes que no fuesen del municipio comenzaron a tener que pagar por el acceso al Monte. Rosalía explica que el puesto de cobro está abierto únicamente los días en los que también lo está el Museo Arqueológico, por lo que no todos los días es necesario pagar. “Desde que se comenzó a cobrar solo se hacía en algunos meses, y ahora es casi todo el año. El museo abre desde el 15 de febrero hasta el 30 de diciembre, todos los días menos los lunes”, afirma.

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El precio actual para el acceso a la cima tiene un coste de 3€ para los que acudan en coche, 4€ para las caravanas, 2€ para las motos y 1,5€ para cada persona que acuda en autobús. El poblado no tiene vigilancia ni restricciones, sino que cualquier visitante puede entrar tanto al interior de las dos viviendas restauradas como pasear entre los restos de las otras edificaciones, lo que hace que con el tiempo se sufran deterioros.

Además, el monte contiene más de 30 petroglifos grabados en las rocas (visibles cuando estas están limpias) y que representan en su mayoría, espirales, animales o figuras geométricas.

El Monte Santa Trega tiene una gran afluencia turística, no solo de la península, sino también procedente de otros países. Miguel Reboredo afirma que “es el segundo lugar más visitado de Galicia tras la capital de Santiago de Compostela” y destaca la enorme dimensión del poblado castreño en relación con otros existentes en la zona. “Las investigaciones realizadas en el terreno solo abarcan el 15 % del total del monte. Es tan enorme su superficie que desde el inicio de la subida hasta la cima siempre existen restos arqueológicos”, indica. Rosalía Verde, en nombre de la oficina de turismo de A Guarda, afirma que “el pasado 2025 accedieron al Monte 124.772 personas”, una cifra que no refleja totalmente la realidad ya que solo contabiliza los días en los que la taquilla y el Museo estaban abiertos. Además, la técnica de turismo revela que, “cada vez más, los visitantes escogen el Trega durante todo el año, siendo los datos entre abril y octubre muy similares, con más de 10.000 personas por mes”, aunque en los meses de julio y agosto se produjo un despunte con 22.000 y 30.000 visitantes respectivamente. Rosalía añade que también aumentó el porcentaje de personas que accedieron al monte en grupo, que en concreto fueron 31.192, en gran parte adultos”. Sobre esto, explica que los grupos son el público mayoritario: “familias, colegios, excursiones procedentes de agencias turísticas, etc”.

Esta gran actividad en un territorio natural tan delicado conlleva la necesidad de tener un especial cuidado para preservar el entorno. Miguel Reboredo argumenta que “se necesitan servicios que suelen ser escasos, lo que se refleja en el deterioro paulatino de algunas zonas del Trega, especialmente en el ámbito arqueológico”. Desde que se realizó la última campaña de excavación en el año 2016, de la mano de Rafael Rodríguez, a posteriori solamente se han realizado tareas de mantenimiento o temas menores como restauración de muretes, el estudio del Concheiro o la puesta del dintel en la Puerta Norte, confiesa Reboredo. El guardia del Trega sostiene que “desde el 2016 no hay ninguna intervención seria que resaltar ya que son caras, complejas y de enormes y tediosos permisos burocráticos que lo dificultan todo”.

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